El 29 de agosto de 2023, con 65 votos, la Asamblea Legislativa aprobó la Ley del Instituto Salvadoreño del Café. El decreto 835 se publicó el 8 de septiembre. No es un trámite administrativo: es la decisión de tratar el café como un producto con nombre propio.
Hasta entonces, el sector convivía con instituciones que ya no cubrían lo que pide el mercado de especialidad: investigación, promoción, crédito accesible y una voz única en el exterior. El nuevo Instituto Salvadoreño del Café (ISC) nació como ente de derecho público, con patrimonio propio, vinculado al Ministerio de Agricultura y Ganadería. Su encargo es formular la política nacional cafetalera y, de forma explícita, posicionar la marca Café de El Salvador.
Por qué un país pequeño necesita una marca grande
El Salvador no compite por volumen. Compite por taza. Seis regiones volcánicas —Apaneca-Ilamatepec, Alotepec-Metapán, El Bálsamo-Quezaltepec, Chinchontepec, Tecapa-Chinameca y Cacahuatique— concentran microclimas, suelos de lava y una tradición de variedades que el mundo ya reconoce: Pacamara, Bourbon, Pacas y, más tarde, rarezas como Bernardina.
Una marca de origen sirve para que el comprador de Tokio, Amberes o Seattle no compre “un arábica centroamericano”, sino un café con historia, altitud y proceso. El ISC quedó encargado de investigación científica, transferencia de tecnología, resiliencia climática y programas que acerquen a pequeños productores a esa promesa de calidad.
Qué cambia para quien compra y para quien cultiva
Para el caficultor, la ley abre la puerta a líneas de crédito, viveros, renovación de cafetales y asistencia técnica alineada con lo que pide el mercado, no solo con el quintal de commodity. Para el tostador, simplifica el relato: hay un interlocutor público que habla de calidad, no solo de cosecha.
El reto es real. Desde los años noventa la producción nacional bajó de varios millones de quintales a menos de un millón. Renovar plantas, controlar la roya y llegar a la taza limpia cuesta. Precisamente por eso la ley insiste en innovación y en servicios ambientales del parque cafetalero: sombra, agua, suelo. El café salvadoreño no es solo grano; es bosque productivo.
Quien descubra este origen a partir de 2023 se encuentra con un país que decidió no diluir su nombre. Café de El Salvador es, desde entonces, una marca que se puede exigir: dulzor, acidez brillante, trazabilidad y el carácter de la montaña volcánica.
