Hasta noviembre de 2025, El Salvador había exportado café por 163,2 millones de dólares, 28,1 millones más que en el mismo tramo de 2024 (+21 %). El volumen fue de 543.400 quintales, a un precio medio de 297,1 dólares el quintal. Estados Unidos siguió primero (74,6 millones) y Bélgica segunda (20,3). Alemania y otros destinos europeos completaron el club de siempre.
La sorpresa pedagógica está más cerca de casa. Las exportaciones a Centroamérica pasaron de 7 millones a 17,1 millones: casi el triple. Guatemala, Honduras, Nicaragua o Costa Rica no son solo vecinos: son países cafeteros que, aun así, compran grano salvadoreño. Eso solo ocurre cuando el perfil convence: alguien, al otro lado de la frontera, prefiere un Pacamara o un Bourbon de este lado del volcán.
Qué significa un quintal a 297 dólares
Significa que el mercado pagó calidad y escasez relativa. El café salvadoreño, con menos sacos que las potencias, captura prima. Para el productor que apostó a microlotes, el dato confirma el rumbo. Para el tostador regional, confirma que hay origen de autor a pocas horas de camión, con frescura de cosecha difícil de igualar en un contenedor que cruza océanos.
El café representó alrededor del 2,6 % de las exportaciones totales del país en tramos de 2025. No es el rey de los noventa, pero sigue siendo un motor de divisas y de paisaje. Junto a alimentos y confección, el grano sostiene una parte de la cara más noble de la economía: la que se ve verde desde la carretera.
Expectativa
Quien compre en 2026 puede mirar no solo a Seattle o a Amberes. Puede mirar al istmo. El café de El Salvador se está bebiendo también en la región, y eso educa paladares que después suben a especialidad. Un origen que convence al vecino está listo para convencer al mundo.
