El 23 de marzo de 2025, El Salvador no celebró «el café» en abstracto. Celebró una variedad con acta de nacimiento. Un decreto legislativo de 2024 fijó esa fecha como Día Nacional del Café Pacamara: no un adorno del calendario, sino una pedagogía. El Pacamara no es un arábica más de Centroamérica. Es un cruce Pacas × Maragogipe, desarrollado desde la década de 1950 —las fuentes institucionales sitúan el trabajo hacia 1956— por el Instituto de Investigaciones del Café. El nombre junta las dos mitades. El grano, grande, no es un defecto de cribado: es seña.
Diario El Salvador lo llamó la joya más valiosa de la tradición cafetalera. La hipérbole periodística se sostiene en la taza. El perfil que el país enseña es afrutado, de acidez brillante y cuerpo que se sostiene. Mauricio Sansivirini, presidente del Instituto Salvadoreño del Café (ISC), lo dijo en la conmemoración: de una tradición de innovación y excelencia nace el Pacamara, «una joya de la caficultura salvadoreña». Añadió lo que el comprador de especialidad necesita oír: sabores afrutados y una acidez cítrica «brillante, que la hace inconfundible».
Un día en el Palacio y otro en el mundo
El acto en el Palacio Nacional lo organizó el ISC. Participó la viceministra de Diáspora y Movilidad Humana, Cindy Mariella Portal, según la nota de Cancillería. Portal subrayó la diplomacia pública y económica: promover el Pacamara en las representaciones diplomáticas y consulares, a través de las direcciones de Promoción Cultural, Gastronómica y Deportiva y de Relaciones Económicas. El viceministro de Agricultura, Óscar Domínguez, y la directora general del Centro Histórico, Adriana Larín, también presidieron. Asistió el cuerpo diplomático. Un café de finca ocupó, por un día, el lenguaje del Estado.
Cuatro días después, el 27 de marzo de 2025, la misma Cancillería publicó que la red diplomática y consular había celebrado el día a escala mundial. A lo largo de marzo, embajadas en Honduras, Ecuador, Estados Unidos, China y los Emiratos Árabes Unidos —y la Misión Permanente ante la OEA— rindieron homenaje, por segundo año consecutivo, al café propio. En Buenos Aires hubo cata; en Saint Paul, la diáspora se sentó a la taza. El decreto no se queda en San Salvador. Viaja.
Esa es la lección didáctica. Una variedad inventada en un instituto de investigación salvadoreño —no importada, no copiada— se convierte en instrumento de diplomacia. El Pacamara ha ocupado, una y otra vez, los primeros lugares de Taza de Excelencia. El comprador de Tokio, Amberes o Seattle no necesita un folleto de volcanes: necesita una palabra que pueda pedir. Pacamara es esa palabra.
Qué debe buscar quien descubra esta taza
Pacas aporta adaptación y dulzor de la casa; Maragogipe, el grano grande y una estructura que en altura y suelo volcánico se vuelve fruta, flor y acidez nítida. El resultado no imita a Etiopía ni a Kenia. Propone una genética salvadoreña, de sombra y de montaña. Quien cate con atención distinguirá cuerpo, brillo ácido y un final que no se apaga en la primera sorbo. Esa es la cualidad que el ISC quiere que el salvadoreño también pruebe, no solo el tostador extranjero.
El Día Nacional no sustituye al concurso ni al precio. Educa. Recuerda a quien cultiva que su variedad tiene nombre de Estado. Recuerda a quien bebe que El Salvador no solo exporta volumen anónimo: exporta una invención. Cancillería e ISC, juntos en 2025, convirtieron una fecha en relato. El 23 de marzo, desde el decreto de 2024, tiene dueño. Se llama Pacamara. Quien lo pida en barra —en San Salvador o en una embajada— está pidiendo Café de El Salvador en su forma más reconocible: fruta, acidez brillante, cuerpo, y una historia que cabe en un cruce.
