A inicios de 2025, la Asociación Cafetalera de El Salvador (Acafesal) advirtió que la cosecha 2024-2025 podría caer entre un 30 y un 35 % respecto al ciclo anterior. El presidente gremial, Sergio Ticas, describió una secuencia cruel: lluvias tempranas en marzo de 2024 que dispararon la flor, luego calor de más de 40 °C que la quemó, y un invierno que se alargó hasta diciembre. En su propia finca habló de pérdidas cercanas al 50 %; otros, de hasta el 80 %.
El ISC ya había visto la contracción: entre octubre y diciembre de 2024 la producción reportada bajó 19,2 %. Abecafé, con datos a finales de enero, hablaba de un 4 % menos a esa altura del ciclo. Las cifras discrepan en magnitud, no en dirección. Fue un año corto.
El giro didáctico: por qué esto no apaga el origen
El café salvadoreño de prestigio nunca se vendió como mar de quintales. Se vendió como taza de montaña. En un año de merma, los productores que viven de microlotes redoblan la selección: solo entra al pergamino lo que está en punto. El comprador que entiende eso no huye; pide muestras más temprano y reserva lo bueno.
Hay un dato de consuelo agronómico. El ciclo 2023-2024 había cerrado cerca de 893.000 quintales oro-uva, con un leve alza sobre 2022-2023. El parque cafetalero sigue en pie. Lo que falta, y el gremio lo repite, es renovación masiva de plantas y una política que acompañe el clima que ya no es el de los abuelos.
Qué puede esperar quien ame este café
Esperar menos sacos y más conversación sobre lote. Esperar precios que defiendan el trabajo de ladera. Esperar, también, que Pacamara y Bourbon —precisamente los que “revientan” con la lluvia— sigan siendo, cuando se salvan, lo más emocionante de la mesa de cata. El Salvador en un año difícil no deja de ser un origen de descubrimiento. Se vuelve, si acaso, más precioso.
